martes, 3 de noviembre de 2015

Narrativa Transmedia

Hace unos meses, cuando me dirigía a merendar a lo de mi amiga Silvia me encontré con una sorpresa. Al entrar a su hogar una de sus niñas se encontraba sobre el sofá fascinada leyendo Mafalda, más aún, a pesar de tener 6 años leía casi de memoria a su hermana más pequeña. Todo era un ensueño, las niñas leyendo, yo y mi amiga tomando café mientras conversábamos sobre las cuestiones laborales que nos unían.
Estábamos planificando la agenda de la agencia cuando de pronto una de las niñas comenzó a llorar, ese llanto luego se transformó en grito y ese grito en golpes a la pared. Parecía otra niña. Muy amablemente me acerqué a ver qué le sucedía, su madre, mi amiga tomó como natural la escena y le dijo “basta Sofía, no empieces”. La niña se acercó corriendo hacia Silvia y empezó a arrojarle cada una de las hojas del libro que contenía las historietas, la madre sólo cuestionó: “¿y ahora qué pasó?”. La niña, quien anteriormente se mostraba pasible y amena ahora se escandalizaba diciendo “¿vos me pasás mamá!¡ No servís ni para comprar un libro! Me falta la hoja número 9. Siempre es tu culpa, no servís, no servís”. “Bueno Sofi, después compramos otro, tranquila que vas a poner nerviosa a Claudia.” Esbozó mi amiga.
El diálogo me pareció fatal. La dureza de las palabras de la niña y la cotidianeidad con la que respondió al hecho Silvia me conmovió. No tenía ni debía por qué meterme así que me mantuve en silencio, luego sólo procuré mencionar el hecho pero fue en vano, el hecho fue esquivo.
Terminamos la planificación y el café, y me fui a mi hogar. Por la noche observé la misma historieta en mi repisa del living, comencé a leer. Mafalda es de esas obras literarias que podés leer mil veces y siempre será un aprendizaje. Lo extraño era que justamente la página 10 que exigía la pequeña neurótica contenía el final del capítulo en donde Mafalda sin otro resultado más que el respeto por su madre cuestionaba por qué debía que hacer un quehacer y su madre respondía que porque lo ordenaba ella que era su madre.

Tomé el teléfono y llamé a Silvia. Le dije que sabía que era su familia, pero que el hecho de esa tarde me había conmovido, no podía creer el destrato de la pequeña hacia ella. Silvia se disculpó, lo que me pareció aún peor, le dije que debía conversar con hijita sobre sus comportamientos. Luego de un rato me dijo que ya no sabía qué hacer, que tenía un carácter muy particular y que la estaba atormentando. En ese entonces, decidí que lo mejor era que me acompañe a ver una psicóloga experta en violencia filioparental. Desde ese entonces, y luego de unos meses de trabajo en equipo, la familia de Silvia está mejor y cada vez que nos reunimos a tomar café y hacer nuestro timming semanal escuchamos cómo Sofía sigue leyendo a su hermana, mientras luego de cada capítulo reflexionan los valores de la amistad, el respeto y la familia.

Medios: 
*Digitales! publicación patrocinada de Facebook con la posibilidad de linkear a la web de la organización.
*Publinota.
*Historia dentro de un libro institucional sobre casos de violencia filioparental.

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